martes, 4 de agosto de 2015

OLVIDE OLVIDARTE: Capitulos 15 y 16

CAPITULO 15

Cuando Cande llegó al zoo, a punto estuvo de caerse de culo al
encontrarse con Phil Trevor, su ex.
«Pero… pero qué hace éste aquí», pensó al verle. Como
siempre Phil iba impecablemente vestido en tonos beige, bien
peinado, y con los zapatos relucientes. Al mirarle, Cande se
imaginó las horas que habría invertido aquella noche en decidir
qué ponerse. Aquella manía de él era algo que a ella durante su
noviazgo le sacaba de sus casillas. Phil, al verla, sonrió y estirándose
anduvo hacia ella para saludarla.

—Espero que el desayuno de esta mañana estuviera tal y
como tú deseabas —dijo tras darle un beso en la mejilla.

cande, al escuchar aquello, miró a Luis y éste, al reconocerle,
dijo:
—Anda, ¡pero si es el tipo del Dunkin Donuts! —Y volviéndose
hacia una incómoda Cande, añadió—: Éste es el tío que
pidió tu desayuno a la camarera.

Phill, feliz por descubrir el desconcierto en los ojos de ella, la
tomó de la cintura y caminó hacia la jaula del gorila.

—El mismo. —Y al ver que ella fruncía el cejo, dijo metiendo
un zapato en el barro—. Veo que tus gustos no cambian y que
los donuts siguen siendo tu debilidad, «cucuruchita».
«¡Lo odio! ¡Odio que me llame “cucuruchita”!», pensó,
molesta por aquella familiaridad. Y al pararse ante la jaula de la
gorila le miró. Sabía que aquel tipo de reportajes no eran los que
él solía hacer así que preguntó:

—¿Qué narices estás haciendo aquí, Phil?

Con un nada fingido desprecio, el repeinado miró hacia la
gorila, que les observaba y, mientras se ponía una mascarilla
con olor a lavanda y le entregaba otra a ella, que ésta rechazó de
un manotazo, dijo:

—Estaba en el campeonato de béisbol de los Mariners. Como
esto quedaba cerca, me han pedido que cubra la noticia de estos
asquerosos monos. Oh, Dios, cucuruchita ponte la mascarilla.
No creo que sea sano que aspiremos el pestilente hedor que
desprende esa mona.

Cerró los ojos. No le soportaba. Era un tiquismiquis. Y
apretando los dientes dijo cogiéndole de las solapas:

—Como vuelvas a llamarme cucuruchita, no respondo, Phil.

—De acuerdo, de acuerdo, cucu… Cande —rió el hombre
levantándose por unos segundos la mascarilla—. No te enfades,
mujer. Bastante tenemos con aguantar a esta odiosa gorila y a
sus sucias crías.

Sin entender aún qué hacía allí, ni por qué hablaba así de la
pobre Jamila, refunfuñó, mientras Luis, el cámara, hacía ver
que no escuchaba.

—De verdad, Phil. No sé qué te ha hecho esta pobre gorila
para que tengas que hablar así de ella.

—Te parece poco cómo estoy poniendo de caca de animal
mis bonitos zapatos. —Al oírle y ver cómo éste le enseñaba su
zapato derecho, sonrió.

Le conocía muy bien y sabía que los animales, de cualquier
especie y tamaño, y Phil debían permanecer cuanto más lejos
mejor.

—Por cierto, Cande —dijo el hombre mirándola—. Estás
más guapa que la última vez que te vi.

—Gracias, Phil. Eso es todo un cumplido viniendo de ti.
—Suspiró mientras observaba cómo su ex se restregaba el zapato
contra la acera y Luis hacía esfuerzos por no reírse.

Una vez el zapato estuvo algo más limpio, Phil centró de
nuevo su atención en ella.
—¿Qué tal te va la vida? —Al preguntar aquello, perdió el
equilibrio y metió el pie en un charco.

—Pues como a todos. Unos días bien y otros mejor —sonrió
al ver su gesto de horror cuando comprobó que unas gotas
negras habían manchado su caro y clarísimo traje beige.

—He oído que estás saliendo con Marlon, el jugador más
polifacético del equipo olímpico de waterpolo.

«Y a ti qué te importa», pensó Cande pero, sin querer
entrar en su juego, respondió:

—Te han informado bien.

—¿Eres feliz?

—Mucho —respondió tras cruzar una mirada con su compañero
Luis.

—Por lo que sé, ese tipo es un guaperas que se lleva a las
nenas de calle.

Aquel malicioso comentario de Phil no le gustó. Cande le
miró entonces y, tras conseguir que su autocontrol le funcionara
al cien por cien, con una sonrisa dijo:

—Marlon es un hombre muy sexy. Es normal que las
mujeres babeen por él. Pero ahora está conmigo y no creo que
tenga nada por lo que preocuparme.
Con una sonora carcajada, que no gustó a Cande, él añadió,
con un extraño brillo en los ojos:

—Vaya… vaya. Veo que la madurez ha relajado tus celos.

Molesta por aquel absurdo comentario se cuadró ante él y
preguntó.

—¿A qué te refieres?

Pero alejándose de ella, al ver que sus maquilladoras
llegaban, dijo con soberbia:

—Cómprate el New York Times, cucuruchita, y ya me lo
dirás.

Cuando aquel tipo se alejó, Luis, el cámara, acercándose a
ella espetó:

—Qué tío más impresentable.

Cande marcó el teléfono de Marlon con la intención de
comprar el New York Times en cuando pudiera. Seguía desconectado
por lo que, tras cerrar su móvil y con gesto contrariado,
respondió:
—Dímelo a mí. Anulé mi boda con él.


CAPITULO 16

A las cinco y media Agus llegó al zoo con dos compañeros que
actuaron como asistentes en el parto. Junto a los cuidadores,
sedaron a Jamila. Se le puso anestesia general y se le practicó
una cesárea para extraer a sus dos crías. Fueron dos machos
sanos que pesaron dos kilos y medio y dos kilos y trescientos
gramos respectivamente. Cande desde su sitio miraba alucinada
cómo Agus y sus compañeros trabajaban, mientras Luis
grababa. Cuando Agus se acercó a ella con uno de los
pequeños gorilas y se lo dejó coger en brazos se sintió feliz,
mientras éste la miraba encantado. Aquello desagradó terriblemente
a Phil, que desde su sitio declinó la oferta de Agus para
coger a la otra cría.
Aquella noche al regresar al hotel, lo primero que hizo
cande nada más cerrar la puerta de su habitación fue llamar a
Marlon. Tras el comentario de Phill, algo rondaba en su interior.
Maldijo el momento en que volvió a saltar el buzón de voz.
Molesta por no poder hablar con él, se metió en la ducha y
cuando salió vio que tenía varias llamadas perdidas. Tres de
Euge, dos de Rocío y dos de Lali. Eso la mosqueó aún más. ¿Qué
había salido en el New York Times?
El teléfono sonó. Era Rocío. Pero no lo descolgó sino que,
directamente, lo apagó. Primero, necesitaba saber por qué Marlon
no contestaba al teléfono. Cuando se disponía a salir en
busca del dichoso periódico, sonó el teléfono de recepción. Era
Agus. Se había informado de dónde se alojaba y quería
invitarla a cenar. Ella aceptó. Con rapidez, cambió los vaqueros
por un vestido de tirantes azul y blanco y unas sandalias,
aunque se llevó la cazadora vaquera por si refrescaba. Como una
tromba, bajó por las escaleras del hotel y, al ver a Agus, que
estaba guapísimo con aquellos vaqueros y su camisa negra, dijo
antes de que él pudiera hablar:

—¡Necesito un favor muy urgente!

—Dime.

—Quiero ir a algún sitio donde pueda comprar la prensa.

Sin entender el porqué de aquello, Agus se encogió de
hombros y, acompañándola hasta su coche, le abrió la puerta y
dijo:

—Eso es fácil. Te llevaré a un sitio muy pintoresco de Seattle,
Pike Pine Market. Es un lugar donde encontrarás cualquier
cosa. —Ella asintió y se sentó en el coche. Necesitaba desvelar lo
que había ocurrido.
Agus, al sentarse frente al volante de su coche y ver los
nudillos de las manos de Cande, blancos como el techo de su
casa, la miró extrañado y preguntó:

—¿Ocurre algo?

Ella le miró y, tras resoplar con un gesto que la hizo sonreír,
susurró:

—Sí, ocurre algo, pero todavía no sé el qué.

El trayecto en coche no fue muy largo, y a pesar de la conversación
que Agus intentaba mantener con ella, Cande estaba
demasiado callada. Tras aparcar el coche, Agus la cogió del
codo y la llevó hasta un impresionante local, donde se podía
comprar prensa extranjera o local. Ya de lejos, CAnde vio la
portada del New York Times. Como una autómata, cogió el periódico
en sus manos y leyó el titular: «Sexo, drogas y mujeres
para los jugadores Olímpicos de waterpolo». En la foto se veía a
Marlon, Denis y Jack con tres mujeres en posturas no muy
decorosas.

—¡Será cabrón! —gritó con el periódico en las manos.

Todo el mundo la miró, y eso hizo que Agus se fijara con
más atención en el titular.

—¿Conoces a esos tipos? —preguntó Agus.

—¡Es Marlon! —contestó Cande señalando la foto del
periódico.

—¿Y quién es Marlon? —preguntó Agus observándola.

Con los ojos como platos Cande le miró y, tratando de no
decir palabrotas, repuso:

—Hasta hace dos minutos, la persona que salía conmigo.

—¿Cómo? —dijo Agus y fijándose en la foto preguntó—:
¿Tú salías con este tipo?

Incrédulo, la miró. El individuo de la foto llevaba el pelo
platino y un pendiente en la oreja, y su gesto de mala leche
indicaba la clase de persona que era.

—Tú lo has dicho —suspiró soltando el periódico—. Salía.
Ahora lo entendía todo. Las llamadas de sus amigas, el teléfono
desconectado de Marlon, y la lengua viperina de Phil.
Desconcertada, resopló y se llevó las manos a la cabeza intentando
razonar antes de hablar.

—Ven aquí. —Agus la agarró y la sacó de la tienda—.
Vamos a cenar algo.

Mientras caminaba por aquel mercadillo cogida de la mano
protectora de Agus, pensó que realmente Marlon y ella nunca
habían sido pareja. De los tres meses que llevaban juntos, entre
sus viajes y los de ella, apenas se habían visto uno. Pero le dolió
pensar en la traición. Había creído que Marlon sentía algo por
ella. Por lo menos así se lo hacía saber. Agus, sin detenerse a
pensar y enfadado por ver a Cande en aquel estado, la llevó a
un restaurante tranquilo, donde unos músicos amenizaban la
velada. Cuando ambos se sentaron, miró a Agus y dijo:

—No sé si podré cenar…

Agus la miró y, al verla tan descolocada, deseó besarla. Sin
embargo, aquél no era el mejor momento. Se acercó a ella y le
pasó la mano por su sueve pelo:

—Oh sí —afirmó con seguridad—. Por supuesto que podrás.
Toma la carta, olvida lo ocurrido y decide qué quieres cenar.

Al sentir su mano en su cabello, a Cande se le erizó todo el
vello del cuerpo, Mirándole por el rabillo del ojo pensó en lo
atractivo que estaba con aquellas gafas sin montura. Luego
observó sus labios tentadores y sintió el deseo de besarlos:
«¡Oh, Dios! Pero ¿en qué estoy pensando? Me parezco a
Mery, no acabo con un tipo y ya estoy imaginando cómo será
besar a otro», se regañó a sí misma. Pero con Agus no lo podía
evitar. Siempre le había atraído y volvía a comprobar que
incluso pasados los años seguía sintiendo la misma atracción
por él. Al ver que el hombre la miraba como si intuyera lo que
pensaba, soltó un resoplido y dijo:

—Todavía no me lo puedo creer. Y encima en mi casa. ¡Qué
poca vergüenza!

—¿En tu casa? —repitió Agus, escandalizado.

—Las fotos que han salido son del patio de mi casa —repitió
ella, que tras mirar la carta y mientras encendía el móvil dijo—:
Me apetece tomar cordero. ¿Tendrán cordero?

Agus la miró sorprendido. Cande seguía haciendo lo
mismo que cuando era jovencita. Su punto fuerte siempre había
sido no dejar al descubierto sus sentimientos.

—No lo sé —respondió Agus—. Pídelo y a ver qué dice el
camarero.
Dos minutos después, tras preguntar si había cordero y
recibir una respuesta positiva, mientras Agus hablaba con el
camarero sonó el móvil de Cande. Como si le quemara el
trasero ésta se levantó de la silla al ver en la pantalla el nombre
de Marlon. Disculpándose, se alejó unos metros de Agus, pero
dio igual. Sus continuos movimientos con las manos y sus gritos
al maldecir hicieron que todo el restaurante estuviera pendiente
de ella. Le decía que no quería volver a verlo y que, en su ausencia,
sacara sus trastos de su casa, porque si cuando ella
regresara estaban allí, los iba a tirar al contenedor. Diez
minutos después, tras soltar por su boca todo tipo de maldiciones,
volvió a la mesa en la que un paciente Agus la
esperaba.

—¿Mejor? —preguntó él.
Ella dio un trago a su bebida y asintió. El móvil sonó de
nuevo. Era Lali. Esta vez, sin levantarse de su asiento, lo cogió y
sorprendiendo de nuevo a Agus y a todo el restaurante
vociferó:

—¿Has visto al malnacido de Marlon en el New York Times?
Por Dios, te juro que le mataría, le sacaría los higadillos y se los
metería de nuevo en la boca.

Lali, al notar lo furiosa que estaba su amiga, intentó
calmarla. Diez minutos después, Agus comía mientras Cande
continuaba hablando.

—Lali, cariño, prometo telefonearte mañana. Por favor
llama a Euge y a Rocío. Me han dejado un mensaje y no he
podido hablar con ellas. Diles que estoy bien, ¿vale?

—Por supuesto, no te preocupes —asintió Lali—. Ahora
mismo las llamo. Sólo queríamos saber cómo estabas.

—Tranquila, estoy bien —repitió—, y en buena compañía.
—Mientras miraba a Agus, que comía, y para evitar la curiosidad
de su amiga preguntó—: ¿Y tú qué tal con el hermano de
Pocahontas?

—De película —respondió Lali antes de colgar—. Y oye, que
no cuela. ¡Sé que estás con alguien! Ya hablaremos en otra
ocasión, con más tranquilidad.

Tras despedirse de Lali, Cande cerró el móvil. Pero en ese
momento volvió a sonar. Era Marlon.

—Apaga ese trasto y cena —ordenó Agus, muy serio. Ella lo
apagó encantada.


Continuará...
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Para quien quira saber el libro se llama asi "olvide olvidarte" de Megan Maxwell

lunes, 3 de agosto de 2015

OLVIDE OLVIDARTE: Capitulo 14 (Leer abajo)

CAPITULO 14

Aquel día de lluvia era uno de los peores que había vivido.
cande estaba enfadada. Tenía ese fin de semana libre. Sin
embargo, Brad, un buen amigo y reportero que tenía que cubrir
una noticia en Seattle, había tenido un accidente doméstico y el
Canal 43, para el que ambos trabajaban, le pidió el favor de que
fuera ella quien cubriera la noticia, y eso a pesar de que ella
estaba especializada en asuntos del corazón. A regañadientes,
viajó a Seattle. Allí debía cubrir el parto de gemelos de la gorila
Jamila, a la que hacía años el Canal 43 había apadrinado.

—¿Éste es el hotel que nos ha pagado el canal? —preguntó
Cande, incrédula, al comprobar el estado de decrepitud de
aquel alojamiento.

Su compañero Luis, el cámara que la acompañaba, tras contemplar
el edificio dijo:

—Quizá esté mejor por dentro.
Al oír aquello, resopló e intentó sonreír. Pero estaba
enfadada, muy, muy enfadada. Ella tenía que estar con Marlon
Shiper, su pareja, en Toronto, en la fiesta de un diseñador de
ropa deportiva, en vez de encontrarse en aquel cochambroso
lugar. A pesar de todo, y con desgana, siguió a su compañero al
interior del hotel.
Desde que terminó la carrera de periodismo, Cande nunca
había dejado de trabajar. Sin embargo, desde hacía años
prestaba sus servicios al Canal 43, un canal privado de Toronto.
No le pagaban mal, pero en ocasiones como aquélla, estaba
tentada de presentar su currículo a otras cadenas. Ya no soportaba
los continuos viajes y la frivolidad de las noticias del
corazón. Ahora lo que deseaba era cubrir noticias de
importancia.
En ese momento le sonó el móvil. Era Marlon Shiper, su
última conquista.

—Hola, cielo —respondió Cande con voz sensual.

—¿Sigues pensando en no hacerme caso y seguir adelante
con ese trabajo tuyo? —dijo el musculitos de Marlon.
Al oír la música de fondo y su ronca voz, Shanna se sintió
fatal. Ella quería estar allí con él. Sin embargo dijo:

—Lo siento. No pude negarme.
Marlon era un jugador del equipo olímpico de waterpolo de
Canadá. Un rubio musculoso con mucho éxito entre las féminas
que, por alguna extraña razón, parecía querer algo con Cande.
Eso le gustó. Pero no se hacía ilusiones con él. Su fama de
mujeriego le precedía.

—Te estás perdiendo una fiesta increíble, caramelito —rió
éste al oír cómo ella resoplaba. Odiaba que la llamara así—.
Aquí hay una marcha increíble.

—Aquí también —cabeceó cande al entrar en el hotel.

—Me apetecía mucho estar aquí contigo —dijo el hombre en
un tono de voz que a Cande le calentó la sangre. Si algo bueno
tenía Marlon, además de su atractivo físico, era lo bien que se lo
montaba en la cama.

—Hummm —suspiró ella mientras Luis hablaba con el del
hotel.

Marlon, al oír aquel suspiro, sonrió y con su voz grave dijo:

—Me debes una compensación, por dejarme solo esta noche.
Apartándose del mostrador Cande dijo a media voz:

—Dentro de dos días prometo dártela.

—Eso suena muy bien —asintió Marlon mirando a una
morenaza que pasaba ante él—. Bueno, caramelito, mañana
hablamos. Y recuerda, te espero en tu casa y en tu cama.

—De acuerdo. —Y, entre susurros, añadió—: Sé bueno esta
noche.

—Por supuesto —se despidió él.

Tras colgar, Cande sonrió. Le gustaba que Marlon se
quedara en su casa. Pero cuando volvió a la realidad y miró a su
alrededor, todo le apareció patético. Si la recepción del hotel era
así, no quería pensar en cómo serían las habitaciones. Sin
embargo, estaba tan cansada que se conformaba con que las
sábanas estuvieran limpias. Y se conformó.
A la mañana siguiente cuando sonó el despertador a las
nueve, se lavó la cara y, tras ponerse ropa cómoda, miró en un
plano cómo llegar hasta el Woodland Park Zoo. Debía visitar a
la gorila. También tenía que ir al Seattle Aquarium, donde
aprovecharían para hacer un reportaje.
Tras meter en su mochila lo necesario para el día, bajó a
recepción donde, poco después, apareció Luis con la cámara y
con cara de sueño. Tras coger el coche, buscaron un sitio donde
desayunar. Unas manzanas después, Cande saltó de alegría al
ver un letrero de Dunkin Donuts. Le volvían loca los donuts de
aquella marca, por lo que decidieron desayunar allí.
Cuando entraban en el local, Cande dijo a su compañero:

—Voy al servicio. Pídeme un café, no muy caliente, y corto de
leche, con dos azucarillos y dos donuts, uno relleno de chocolate
y otro de frambuesa.
Su compañero Luis, que seguía medio dormido, asintió. Sin
embargo, cuando llegó la camarera pidió simplemente dos cafés
y tres donuts, aunque a continuación un hombre que estaba
sentado cerca de él le corrigió. Cande, al salir del baño, iba
secándose las manos con un pañuelo de papel. Cuando llegó a la
mesa donde la esperaba Luis le observó sonreír.

—Vaya, ¡qué contento te veo! —dijo con sarcasmo.

En ese momento, apareció la camarera y Cande sonrió al
ver que traía todo lo que había pedido.

—¡Perfecto! —exclamó, ralamiéndose, al ver aquellos
apetitosos donuts frente a ella.

—¿Todo bien? —preguntó su compañero.

—Oh, sí. —Y sonriendo, añadió—. No me lo puedo creer. Por
primera vez has pedido algo tal y como yo te lo he dicho. Gracias
por haberme escuchado esta mañana.
Éste, al oírla, sonrió y, levantando un dedo, señaló:
—Las gracias no me las tienes que dar a mí, se las tendrías
que haber dado a un tipo que ya se ha marchado. Él fue quien le
recordó a la camarera lo que habías pedido. —Cande le
escuchaba alucinada mientras él continuaba—. Por supuesto, ya
le di las gracias y le ofrecí mi eterna gratitud. Me he salvado de
oír tus lastimosos lamentos a estas horas de la mañana.
Cande sonrió y se prometió a sí misma no ser tan gruñona
con Luis. No obstante, tenía que reconocer que su compañero
eras desesperante. Era el despiste personificado, aunque como
cámara resultaba excepcional.
Media hora más tarde aparcaban en la puerta del Woodland
Park Zoo. Tras hablar con la directora del lugar, se dirigieron
hacia donde estaba la gorila Jamila que, al verles llegar, dejó de
comer para mirarles.

—Entonces, ¿para cuándo tienen programada la cesárea?
—preguntó Cande sin quitarle ojo a aquella enorme gorila
negra.

—Todo está preparado para esta tarde a las seis. El veterinario
y sus cuidadores así lo han decidido —contestó la directora
del zoo.

—Muy bien —asintió Luis—. Aprovechemos para ir al
acuario y hagamos unas tomas. Quizá no las terminemos todas,
pero será bueno ir adelantando trabajo.
Tras pensar que era buena idea, cogieron de nuevo el coche y
se dirigieron hacia el acuario de Seattle. Mientras Luis conducía,
Cande marco el número de teléfono de su casa. Quizá Marlon
todavía estuviera allí. Sin embargo, al ver que no contestaban
marcó el número de su móvil. Estaba desconectado. Una vez
llegaron al acuario, Pedro Lores, su director, les autorizó a utilizar
el flash y las luces necesarias para poder grabar las
imágenes.
El rodaje fue divertido. Parecía que los animales sabían que
les estaban grabando y se comportaban como si quisieran colaborar.
Cuando llegaron a los tanques de los tiburones, los
buzos del acuario le propusieron que se sumergiera ella también
en el tanque, junto a ellos. Cande, con cara de horror, declinó
el ofrecimiento e incluso se alejó del lugar.

—Señorita, deberían darle más miedo los que están fuera
que los que están dentro —dijo una voz tras ella. Era alguien que
la observaba desde hacía rato—. Métase, no le harán nada.

«Habló el listo», pensó volviéndose para descubrir de quién
se trataba. Sin embargo, sólo vio una figura en la oscuridad,
apoyada en la pared.

—¡Quién lo diría! ¡Qué horror de bichos! —murmuró Luis.

Sin poder ver quién era el tipo que le había hablado, pues la
oscuridad en ciertas zonas del acuario era increíble, Cande le
respondió:

—No es miedo, es respeto. Pero gracias por los ánimos.

El hombre sonrió al oírla. Aquella risa hizo que Cande
volviera a mirar justo en el momento en que el hombre apoyado
en la pared preguntaba:

—¿Siempre siente respeto por lo desconocido?

«A ti te lo voy a contar.» Sin responderle, le preguntó mirando
a otra parte.

—¿Usted no?

—No —dijo el desconocido saliendo de las sombras.

Era un hombre de unos treinta años, pelo corto y gafas,
que acercándose con sigilo hasta ella le dijo muy cerca del oído:

—A veces en la vida hay ciertas personas que me dan más
miedo que lo desconocido, y una de ellas eres tú, Cande
Bradforte.

Cande cerró los ojos y sintió que el estomago se le volvía del
revés, pero volviéndose con rapidez preguntó sorprendida:

—¿Agustin O’Neill? ¡Eres tú!

Pero antes de que éste pudiera decir nada, en un impulso
irrefrenable, ella se tiró a su cuello, para, segundos después,
separarse, avergonzada.
«Dios, qué bochorno. Menos mal que aquí todo está
oscuro», pensó al apartarse de él, más colorada que un tomate.

—Por supuesto que soy yo —rió al ver su gesto—. ¿Qué haces
aquí?

Agus había sido su amor de juventud, aquel que siempre la
cuidaba como a una hermana, pero al que ella no quería precisamente
como a un hermano. Llevaban sin verse cerca de nueve
años, desde que él se mudó. Sin embargo, él sí la veía en ocasiones
a ella por la televisión vía satelite.

—Trabajo para el Canal 43 —dijo recomponiéndose—. Estoy
cubriendo varias noticias aquí en Seattle. Además, tenemos que
hacer un reportaje sobre este acuario.
Su compañero, Luis, al sentirse ignorado, dijo tendiendo la
mano:

—Luis González. —Agus le miró y saludó—. Soy su compañero,
el cámara.

—Encantado, Luis —saludó éste. Luego, volviéndose hacia
ella, añadió—: Yo trabajo aquí. ¿Queréis que os enseñe las
instalaciones?

—¡Perfecto! —asintió Luis.

—¡Muy bien! —dijo Agus.
«Tú sí que estás muy bien, Agus», pensó Cande, mientras
éste la cogía del brazo de manera posesiva y comenzaba a andar
con ella.
Agustin O’Neill era un guía estupendo. Les fue describiendo
la manera de vivir de cada una de las especies que allí vivían y
hablándoles de ellas. Cande aún no podía creerse que aquél
fuera Agus, su adorado y tantas veces recordado Agus. La
última ocasión en que le vio fue la noche anterior a su partida
para Nueva York, dispuesto a trabajar en la empresa del padre
de Linda, su odiosa novia. Esa mujer era la única que conseguía
sacar lo peor de Cande cada vez que veía cómo éste la besaba.
La noche anterior a su marcha, ambos estuvieron sentados en
un banco de un parque de su barrio, en Toronto. Cande se sinceró
diciéndole que le amaba y agus no sabía dónde meterse.
Pero Cande era una niña de diecinueve años, y así la veía
Agus. Y tras rogarle y suplicarle que como despedida le diera
un beso en los labios, éste se lo dio. Después de eso, no se volvieron
a ver más.
Mientras ella pensaba en sus cosas, Agus intentaba
centrarse en contarles detalles del acuario, aunque se le hacía
difícil. Tenía delante a una mujer que en su juventud había sido
una amiga excelente y a la que, por extrañas circunstancias de la
vida, nunca había olvidado. En Toronto eran vecinos, y fueron
muchas las noches en que ella le contaba cosas de sus amigas de
España, mientras él le hablaba del amor que sentía por Linda,
ignorante de lo que sólo supo la noche antes de su marcha.
Después de mucho tiempo, el día que la reconoció en televisión
tras más de seis años sin verse, se sorprendió muchísimo.
La muchachita que él recordaba era toda una mujer. A partir de
ese momento, Agus intentó ver, siempre que su trabajo se lo
permitía, los programas del Canal 43. ¿Cuántas noches había
pensado en ella? Y de pronto, allí la tenía.
Agus intentó hablarles de las diversas especies que vivían
en aquellas instalaciones. Pájaros, mamíferos marinos, peces,
invertebrados, y sonrió al ver la cara de ella cuando llegaron a la
bóveda subacuática de 360 grados. Era realmente increíblie.
Todos sonrieron al contemplar a las curiosas nutrias de río y
mar y se quedaron sin palabras mientras observaban al pulpo
gigante que allí moraba. Acabada la visita, terminaron en la
tienda de regalos.

—Y esto es todo lo que os puedo enseñar —dijo Agus con
una encantadora sonrisa.

—Impresionante —respondió Luis, mientras Cande miraba
a través de unos prismáticos de juguete. Pensó en comprarlos
para las gemelas de Euge.

—Muchas gracias, Agus —asintió Cande—. Nos has sido
de mucha ayuda. Gracias a ti, mañana no tendremos que volver
a grabar.

Sin poder disimular su decepción, éste repuso:

—¡Vaya! Si llego a saberlo no os lo enseño todo en un día
—sonrió al ver cómo ella miraba los juguetes de la tienda y, sin
poder evitarlo, preguntó—: ¿Son para tus hijos?

—¡Oh no! No estoy casada. —Él sonrió—. Son para las hijas
de Euge. La cherokee, ¿la recuerdas? —Agus, abriendo los
ojos, asintió—. Tiene unas niñas guapísimas y muy ruidosas,
pero adorables.

En ese momento, una muchacha del acuario se acercó hasta
Agus y, tras darle algo para que firmara, éste miró el reloj y
dijo:

—Escuchad. Tengo dos horas libres. ¿Os apetece comer algo?

Luis, dejando la cámara en el suelo, asintió y dijo:

—Yo estoy muerto de hambre.

Agus miró a Cande y, tras ver que ésta sonreía, la oyó
decir:

—Me parece una idea excelente, Agus.

Caminaron hasta la cafetería del lugar y se sentaron a una
mesa los tres. Agus y Cande comenzaron a hablar de sus
cosas. Aburrido por la conversación, Luis se levantó y se puso a
hablar con la chica que había en el mostrador. Durante la comida,
los viejos amigos se pusieron al día de sus vidas. Agus le
contó que trabajaba como veterinario en varios sitios y ella se
alegró al saber que era el veterinario que asistiría en el parto de
la gorila Jamila.
Agus le contó que se había casado con Linda pero que, tras
dos años de matrimonio, aquello que empezó por amor se
convirtió en una pesadilla. Linda quería que él fuera un alto
ejecutivo en la empresa de su padre. Sin embargo él siempre
había querido ser veterinario y, tras años de discusiones y
peleas, su relación terminó en divorcio. Después de aquello se
trasladó a Seattle, donde trabajaba como veterinario e intentaba
vivir la vida que él quería.
Cande, sin entender la euforia que sentía por saber que la
idiota de Linda ya no formaba parte de su vida, le contó que
cuando terminó sus estudios de periodismo se independizó.
Agus le preguntó por Marlene, su hermana, y Cande le contó
que era una adolescencia divertida y alocada con la que hablaba
mucho por teléfono. Le explicó que ella misma había estado a
punto de casarse hacía seis años con un redactor, y sobre su vida
laboral comentó que trabajaba para el Canal 43, pero que estaba
pensando en buscar otras oportunidades en otras cadenas.
Agus, haciéndola reír, le confesó lo sorprendido que se había
quedado cuando la había visto por primera vez en televisión.
Ella casi se puso colorada cuando le confesó que siempre que
podía veía el programa donde ella salía.
En el transcurso de la conversación, ninguno de los dos
comentó lo ocurrido la última noche que se habían visto.
«Menos mal», pensó cande. Hubiera sido bochornoso
recordar cómo ella le suplicó que la besara.
A las cuatro y cuarto se despidieron y quedaron en verse en
el zoo. Agus tenía que atender varios asuntos. Una vez en el
coche, Cande miró su reloj y se sintió culpable al pensar que no
había llamado todavía a Marlon. Sacó su móvil, marcó su
número y le volvió a saltar el buzón de voz. Menos contrariada
que por la mañana, cerró el teléfono y, con una sonrisita
atontada, pensó en aquel inesperado reencuentro. ¡Agustin
O’Neill! Sonrió al pensar en él. ¡Qué pequeño era el mundo y

qué bien estaba el chico!

Continuará...
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IMPORTANTE:
Primero que nada, decirles que estos dias no he subido porque me he tomado unos dias de descans

EN CUANTO EN LA NOVELA: Hay chicas que han dicho que volveran a la novela cuando vuelva a contar la historia laliter o que la haga toda laliter.
Pero os recuerdo que esto es UNA ADAPTACION, no la he escrito yo.
Y decidí subir esta adaptacion porque me parecio un libro muy bonito que cuenta la vida de 5 amigas.
Yo no obligo a nadie a leer o pasarse por mi blog.  Simplemente, como amante de la lectura, os recomiendo que la lean porque es muy bonita 

Simplemente eso.

PD: Aunque en este capitulo cuenta Cande..mediante las conversaciones con las chicas sabrán cosas de la relacion de lali y peter, y mas adelante volveran a contar la historia ellos.

MIL GRACIAS POR PASARSE, LEER Y/O COMENTAR
@lalitter08

martes, 21 de julio de 2015

OLVIDE OLVIDARTE : Capitulo 13 (leer abajo)

CAPITULO 13


Al día siguiente, sobre las cuatro de la tarde, Peter, con cara de
cansado apareció en el apartamento de Lali con una película
bajo el brazo, Family man, de Nicolas Cage, y un cubo de palomitas.
Al abrir la puerta y ver al joven allí, Estela se sorprendió
pero al percibir la sonrisa de su nieta, no lo dudó y se marchó
con rapidez a casa de su hija Samantha, con el pretexto de ver a
la pequeña Estela.
Peter, al ver marcharse a la mujer, miró a Lali y al darse
cuenta de que sonreía, no se lo pensó, soltó todo lo que tenía en
las manos, se acercó a ella y la atrajo hacia sí para besarla.
Primero lo hizo en la frente, luego en las mejillas y, finalmente,
en la boca. Durante un rato permanecieron abrazados en medio
del salón, hasta que Peter la cogió en brazos y la llevó hasta la
cama, donde continuaron besándose. Lali no quería pensar.
Sólo quería disfrutar del momento. Ansiaba los besos y las caricias
de Peter, como el sediento desea saciar su sed. Peter,
agotado por la noche pasada pero ansioso por retozar en los
brazos de Lali, se dejó guiar por ella, que le quitó primero la
camisa y luego le empezó a besar los pectorales hasta que él la
atrajo hacia sí y le susurró al oído:

—Quiero que me desees tanto como yo a ti.

Al oír aquello, Lali se excitó aún más y mirándole con pasión
murmuró.

—Te deseo. Te deseo, Peter.

Al oír aquello él sonrió y comenzó a besarla con tal pasión,
que Lali sintió que le hervía la sangre. Peter la apretó contra su
cuerpo y ella no dejó de besarle en el cuello. Las manos de él
comenzaron un lento ascenso bajo el pijama en busca de sus
pechos, hasta que los encontraron. Con delicadeza, el hombre
los acarició hasta que sus suaves dedos se centraron en sus
pezones. Lali notó que su cuerpo se aceleraba al sentir aquel
contacto, y se restregó contra su rígido miembro que, al sentir el
roce, se tensó a punto de explotar. Desesperado y muy excitado,
deseoso de entrar en ella, Peter la desnudó, mientras ella le
desabrochaba la cremallera del pantalón y le acariciaba el
miembro.

—Peter, Peter —gritó con voz entrecortada al sentir la
húmeda y caliente boca de él succionando primero uno de sus
pezones y luego el otro.

—Dime —susurró él mirándola con deseo.

—Me estás volviendo loca…

Peter sonrió y, asiéndola por las nalgas, se apretó contra
ella para hacerla sentir la dureza de su deseo. Con voz entrecortada,
añadió:

—Así me tienes tú a mí, preciosa.

—¡Oh, Dios! —gimió ella echándose hacia atrás mientras se
apretaba más y más contra él. Aquel hombre sabía tocarla y
sabía hacerlo bien. ¡Muy bien!

Al sentir cómo su mano tocaba sin ningún pudor su erección
un gruñido de satisfacción surgió de la garganta de él. Con un
rápido movimiento, la tumbó en la cama, quedando él encima.
Sin apartar sus oscuros ojos de ella, Peter se quitó primero los
pantalones y luego los calzoncillos, consciente de que ella le
miraba y deseaba. Una vez desnudo, y con la respiración
entrecortada, se inclinó sobre ella y la besó. En ese momento,
lali sintió primero sobre su abdomen y luego sobre sus muslos
la dureza sedosa y caliente que deseaba sentir dentro de ella.
Pero Peter sacó la lengua y empezó a pasarla lentamente entre
sus pechos, para seguir bajando hasta su vientre.
Lali se estremecía de placer. Separó las piernas para permitirle
un acceso total. Cuando la lengua de Peter tocó con
ligereza los labios de su sexo, ella gimió gustosa. Como un lobo
hambriento, tomó con su cálida boca el clítoris de lali y jugó
con él hasta que ella aceleró sus movimientos y jadeó extasiada
de placer.
Abandonaba a sus caricias, Lali entrelazó sus dedos con el
pelo de él para alzarlo y, cuando lo tuvo frente a ella, le miró con
pasión y le besó. Le devoró la boca con tal morbo que éste pensó
que iba a explotar. Incapaz de aguantar un segundo más, Peter
se retiró y preguntó:

—¿Tienes preservativos?

Lali, acalorada, negó con la cabeza. Llevaba tiempo sin preocuparse
de esas cosas. No tenía relaciones, así que no compraba
preservativos. Él, levantándose, cogió su cartera y tras
sacar uno, se lo puso con maestría y rapidez ante la mirada
obnubilada de ella.

—Eres preciosa —le susurró al oído. Ella, rezongona, sonrió
al sentirle tan cerca.

Acoplándose de nuevo entre sus piernas, y sin necesidad de
guiar su erección, se hundió lentamente en ella, hasta que Lali
volvió a gemir contra su boca, mientras el seguía besándola.
Loco de deseo por la mujer que bajo él gemía y se retorcía bajo
su tacto, comenzó a moverse dentro y fuera de ella, con movimientos
cada vez más rápidos, más profundos, más certeros,
mientras Lali le clavaba las uñas en la espalda y jadeaba.
Cuando Peter oyó el grito de placer en ella, percibió que iba a
perder el control. Antes de soltar un sonido gutural y tumbarse
sobre ella, se hundió hasta el fondo en su cuerpo, y se dejó
llevar. Segundos después, Peter rodó hacia un lado de la cama y
la tomó entre sus brazos para acercarla hacia sí. Lali, consciente
de que había sido el mejor encuentro sexual de su vida, se dejó
abrazar y sonrió al oír.

—¿Crees que un «crío» como yo podría volver a repetir lo
que hemos hecho?

Risueña, levantó la mirada y repuso:

—Si el «crío» me promete que será igual, sí.

Peter, aún sin aliento, asintió y, acercando su boca a la de
ella, le susurró:

—Te prometo que cada vez será mejor.

Se volvieron a besar con pasión. Minutos después, aún en
sus brazos, Lali se convencía de lo que había hecho e, incluso,
estaba deseosa por repetirlo. Consciente de lo que quería, le
miró, y no pudo contener la risa al ver a Peter dormido. Despacio
y con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se
vistió. Peter debía de estar agotado. Seguro que llevaba más de
veinticuatro horas sin dormir.
Le miró con tranquilidad. Ante ella tenía a un hombre con
un cuerpo fibroso que, más que un doctor, ahora que tenía el
pelo suelto parecía un cantante de rock. Sin poder contenerse, le
besó en los carnosos labios y, con cuidado, le retiró el pelo de la
cara. Al ver lo sexy que estaba desnudo ante ella, suspiró. En ese
momento sonó el teléfono. Lo cogió de la mesilla con rapidez,
para que no se despertara, y salió cojeando de la habitación.

—Cariño, ¿cómo va todo? —Era su abuela.

«Uff… si yo te contara», pensó divertida. En cambio
respondió:

—Bien, bien, muy bien.

—Escucha, cariño, estoy con Samantha y la niña en el
hospital.

Al oír la palabra hospital, Lali se asustó.

—¿Qué ocurre?

—No es nada grave, cielo —dijo para tranquilizarla—. La
pequeña lloraba mucho y nos acercamos con ella al médico.

Apoyándose en la pared preguntó, preocupada:

—¿Qué os han dicho? ¿La niña está bien?

—Tiene un poco de infección en la orina y se quedará
ingresada esta noche, en observación. —Con pesar, su abuela
añadió—: Yo te llamaba para preguntarte si te las podías apañar
sin mí esta noche. Me gustaría quedarme con Samantha.
Mañana, después de comer si todo va bien, Clarence me llevará
a tu casa. ¿Te parece?

—Por supuesto, abuela. No te preocupes, ya has visto que
puedo arreglármelas sola.

—Vaya, cariño, eso me deja más tranquila —sonrió la mujer.
Tras hablar con ella un rato, se despidió y colgó. Bajó el
timbre del teléfono y abrió la puerta de su habitación para
observar a Peter, que dormía con tranquilidad. El que su
abuela no regresara aquella noche le permitiría estar a sus
anchas, en su casa, con él. Con una sonrisa pícara, cerró la
puerta y, cojeando, se dirigió al salón. Allí, tras acomodarse en
el espacioso sillón, introdujo el DVD que éste había llevado, una
película de Nicolas Cage, y, tras coger las palomitas, se recostó
con una sonrisa. Disfrutó de la película mientras pensaba en
Peter y en lo que dirían Cande y el resto de sus amigas cuando

les contara lo sucedido

Continuará....
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CHICAS, COMO SABEN OLVIDE OLVIDARTE CUENTA LA HISTORIA DE LAS 5 CHICAS (LALI,CANDE,MERY,ROCHI Y EUGE) Y SE VAN INTERCAMBIANDO SUS HISTORIAS
ASI QUE EN LOS PROXIMOS CAPITULOS SE VA A RELATAR LA HISTORIA DE CANDE Y ASI SUCESIVAMENTE....
AUNQUE NO SON LALITER, SON MUY INTERESANTES, ASI QUE ESPERO QUE OS GUSTE
BESOS
Y MIL GRACIAS POR LEER 
@lalitter08