miércoles, 15 de julio de 2015

OLVIDE OLVIDARTE: Capitulo 10

CAPITULO 10


Una vez en el coche de Peter, Lali le fue indicando cómo ir
hasta su casa. Al llegar aparcaron y cuando Lali fue a apearse,
Peter la sujetó y la cogió en brazos. Lali protestó, pero él no le
hizo caso. Ya en el ascensor, dijo:

—Suéltame si quieres. Puedo usar las muletas que has
traído.

—Lo hago por tu pie —dijo sonriente—. No es porque quiera
cargar contigo en brazos. Por lo tanto, deja las muletas quietas y
dime que falta poco para llegar a tu casa, porque pesas un poco.

Al decir aquello, Lali se sonrojó, cosa que volvió a hacer sonreír
a Peter, que se lo estaba pasando estupendamente con
aquella situación surrealista. Ni en el mejor de sus sueños
habría llegado a imaginar que aquella muchacha volvería a
aparecer en su vida. Sabía de ella por medio de su hermana,
pero no la había llamado nunca.
Al entrar en la casa, una pequeña bola de pelo marrón
acudió a recibirles.

—¡Spidercan, quita! —regañó Lali al perro al ver que éste no
les dejaba pasar—. Por favor, déjame en el sofá y pon las
muletas ahí.

Él la soltó donde ella dijo y tras colocar las muletas en el
lugar que ella le había indicado, le preguntó dónde estaba la
cocina. Ella se lo explicó y, a los dos segundos, apareció con un
vaso de agua para ella.

—Bonito perro —comentó Peter.

—Se llama Spidercan. —Al decir aquel nombre, vio cómo se
dibujaba una sonrisa en el rostro del doctor.

—Vaya, ¡un perro araña! —bromeó él y, dándole dos pastillas,
dijo—: Una es un calmante y la otra un antiinflamatorio.
Tómatelas tres veces al día; con el desayuno, la comida y la
cena.

En ese momento un ruido procedente del estómago de Lali
hizo que Peter la mirara y ella se pusiera roja como un tomate.

—¿Desde cuándo llevas sin comer? —preguntó el hombre,
divertido.

Pero, al ver que ella no pensaba contestar, se volvió hacia el
can y dijo mientras cogía de nuevo las llaves de la casa de Lali:

—Voy a sacar al perro araña. Ahora volvemos. —Y, tras decir
aquello, desapareció dejando a una desconcertada y dolorida

Lali sentada en el sofá de su casa.
Media hora después, la mujer oyó cómo la llave abría la
puerta y, a los pocos segundos, Spidercan, con la lengua arrastrando,
iba corriendo a beber agua. Peter entró y acercándose a
ella preguntó:

—¿Qué te apetece cenar?

—Te agradezco tu amabilidad, pero imagino que tendrás que
irte ya.

—No te preocupes, no tengo nada importante que hacer
—mintió él.
Durante el paseo que había dado a Spidercan, había
aprovechado para llamar a una amiga y aplazar una cita con ella
para otro día.

—Venga, tonta, anímate —dijo enseñándole la publicidad
que había cogido de una pizzería cercana—. ¿Te apetece pizza?

En ese momento, las indiscretas tripas de Lali volvieron a
rugir.

—De acuerdo —sonrió ella—. Doble de queso, con bacón,
aceitunas negras y sin anchoas.
Peter cogió el teléfono y encargó la cena. Media hora más
tarde ambos estaban comiendo pizza y charlando sobre sus
vidas. Lali le contó cómo le iba en Los Ángeles, y él aprovechó
para observarla a sus anchas. Los años le habían sentado bien y,
aunque continuaba teniendo esa inocencia en su cara, reconocía
que la madurez de su rostro la hacía más atractiva. Hacía
tiempo que no pensaba en ella, pero al tenerla allí sentada con
esa camiseta amarilla, un vaquero y el pelo recogido en una cola
de caballo alta, pensó en cuánto le gustaría besarla. Si hubiera
sido cualquiera de sus conquistas, no lo habría dudado un
segundo, pero tratándose de Lali, mejor era abstenerse. Una vez
finalizada la cena, Peter llevó las cajas vacías a la cocina y al
regresar al confortable salón fue hasta el ventanal, desde donde
tenía una estupenda vista nocturna de Los Ángeles.

—¿Vives desde hace mucho tiempo aquí?

—Exactamente ocho años.

Lali había puesto mucho corazón para decorar aquel apartamento.
Estaba lleno de recuerdos que ella había acumulando
durante años y estaba orgullosa de la casa tan bonita que había
conseguido. Mirándole, dijo:

—Cuando me vine a vivir a Estados Unidos, primero pasé
dos meses en San Diego con la abuela y luego estuve en un piso
alquilado hasta que encontré éste, que ahora es de mi
propiedad.
Él confirmaba y asentía.

—Creo que hiciste una buena compra. Es un apartamento
agradable, además de que está en un barrio estupendo.

—¿Dónde vives tú?

Mientras le veía mirar por el ventanal, Lali observó su perfil.
Aquella mirada que lo escrutaba todo, su boca grande, su nariz
recta, su pelo negro como la noche, largo y recogido en una
coleta, y el perfecto acoplamiento del vaquero a sus nalgas le
hacían parecer salvaje y muy sensual. Durante la cena, él le
explicó que además de ser jefe de urgencias, entrenaba un
equipo de baloncesto en Chinatown, y eso seguro le hacía estar
en forma. Sin poder evitarlo al mirarle de nuevo el trasero,
pensó en sus amigas y en sus mordaces comentarios si hubieran
estado allí. Peter, a través del cristal, veía cómo ella le miraba,
pero no se imaginaba ni por un segundo lo que pensaba, y
volviéndose hacia ella, respondió:

—Vivo en la zona de la playa —dijo sentándose frente ella,
por lo que Lali dejó de mirarle con aquel descaro—. Antes vivía
en Chinatown, pero hace unos meses Carlos, un médico que trabaja
en el hospital, me propuso compartir gastos y alquilamos
una casa allí.
Nerviosa por cómo éste la miraba, dijo tomando su Coca-
Cola:

—¿Y qué tal se vive en la playa?

—De momento bien. La casa no es tan lujosa como ésta, pero
creo que Carlos y yo hemos encontrado el equilibrio justo para
que el hogar de dos médicos sea una casa agradable a la vista y
limpia —rió al recordar los dos primeros meses de convivencia—.
Sobre todo recogida. ¿Tú vives sola?

Se moría por preguntarle si salía con alguien, pero intuía que
no debía hacerlo.

—Sola, sola no. —Y señalando a Spidercan, que dormía en su
rincón preferido comentó—: Él me hace mucha compañía. Entre
el trabajo, la familia y él, me doy por satisfecha. ¿Y tú por qué
vives con Carlos?

—Pues… —dijo tras pensar la respuesta—. Anteriormente
vivía con Belén, mi ex, pero tras romper con ella y proponerme
Carlos compartir gastos en una casa que le habían enseñado
unos amigos frente a la playa, no me lo pensé dos veces y acepté.

—Vaya, siento lo de tu ex —mintió Lali.

—Ya está superado.

Recordar aquello no le agradaba. Todavía le dolía pensar
cómo Belén había jugado con él. Según ella se había aburrido de
estar con un simple médico y, tras serle infiel con un ejecutivo,
decidió que el otro le convenía más.

—Siento haberte recordado algo así. No son cosas
agradables.

—La vida no es fácil, Lali —respondió mirándola con intensidad—.
Unas veces se gana y otras se pierde. Por cierto, si te
hago una pregunta ¿me contestarás?
—Sí —afirmó ella, aunque añadió—. Si no es muy indiscreta,
claro que sí.

Él sonrió y clavando su oscura mirada en ella dijo:

—Hace años, cuando ambos nos vinimos a vivir a Estados
Unidos, mi hermana me dio el teléfono de tu trabajo. Te llamé
en varias ocasiones, pero nunca conseguí hablar contigo. ¿Llegaste
a saber de aquellas llamadas?

—Sí —asintió al recordar las llamadas que había evitado
responder—. Te mentiría si te dijera que no supe que me habías
llamado. Pero acababa de llegar aquí, tenía mucho trabajo y,
sinceramente, lo que menos me apetecía era salir a tomar algo
contigo.
Al recordar la impaciencia con la que había esperado su
respuesta, hasta que asumió que ella nunca le llamaría,
preguntó:

—¿Por qué no me telefoneaste para decírmelo? Una llamada
no se le niega a ningún amigo, y menos siendo el hermano de
una de tus mejores amigas.

—Tienes razón. Te pido mil disculpas —susurró, escrutándole
con la mirada.

—Claro que estás perdonada.

«Qué sexy eres, Peter», pensó Lali al sentir y oler su aroma
de hombre.
Él sonrió mientras se levantaba y se sentaba junto a ella en el
sofá y, mirándola a los ojos, dijo para excitarla:

—Quiero que sepas que en aquel momento me rompiste el
corazón.

Ella lo sabía. Euge, años atrás, le había comentado la
desilusión que se había llevado su hermano ante la falta de
respuesta a sus llamadas. Pero tras aquel día ni Euge le había
contado nada de su hermano, ni ella le había vuelto a preguntar.

—¿En serio? —murmuró con coquetería.

—Muy en serio. Pero no te preocupes, todo se supera y más
cuando uno es un «crío» —dijo arrastrando aquella última
palabra, mientras con su mano tocaba un mechón del cabello de
Lali. Ella no se retiró.

—¿Todavía lo recuerdas? —Él asintió lentamente, cada vez
más cerca—. Éramos unos niños y a esas edades cuatro años son
un mundo.

—Perdona, no te equivoques —susurró él muy, muy cerca—.
El crío era yo. Siempre te encargaste de recordarme que tenía
cuatro años menos que tú y…

Sin terminar la frase, Peter acercó sus labios a los de ella y
ésta los aceptó. Durante unos segundos se besaron con ternura,
miedo y placer. Pero cuando el sabor dulce del sexo llenó sus
sentidos, fue Lali quién atrapó su boca y jugó con él hasta que
Peter, excitado, la agarró de la cabeza, la atrajo hacia sí y le
devoró la boca, hasta que Lali soltó un gemido de placer.
Entonces Peter, con una sonrisa morbosa y sexy, se apartó y
continuó hablando mientras observaba la cara de desconcierto
de Lali.
—Y lo mejor de todo lo que he dicho antes, Lali, es que aún
sigo siendo cuatro años menor que tú, y por lo tanto, para ti, un
«crío».

Al escuchar aquello y ver la sonrisa socarrona en los labios
de él, ella dijo enfadada:

—No lo vuelvas a hacer —siseó señalándole con el dedo.
Él, con una sonrisa encantadora, se echó para atrás en el
sillón y preguntó con picardía:

—¿El qué?

—Lo que acabas de hacer —dijo separándose de él.

—Me ha dado la sensación de que te gustaba —se atrevió a
decir, y le encantó ver la cara de circunstancias de ella.

—Eso es lo que tú te crees, engreído —gruñó frunciendo el
entrecejo—. Lo que tienes es mucha cara. Te ofreces a traerme a
mi casa y ahora ¿pretendes seducirme?

—¿Qué? —soltó una estruendosa carcajada, que hizo
levantar a Spidercan su cabeza del cojín.

Enfadada y avergonzada por lo ocurrido, Lali gruñó y dijo:

—Vete de mi casa.

—¿Me echas?

Aquella sonrisa burlona la descompuso. Tuvo que contenerse
para no darle con la muleta que descansaba cerca de ella,
mientras observaba cómo Peter se levantaba y se dirigía hacia
la puerta.

—Está bien, me iré. No veo muy buenas intenciones en ti.
—Ella resopló—. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.
Como pudo se levantó, cogió las muletas y le siguió hasta la
puerta.

—Dudo que quiera nada más de ti. —Y, cuando por fin tuvo a
Peter al otro lado de la puerta, dijo—: Gracias por tu
amabilidad.

Sujetando la puerta, pues intuía las intenciones de ella, dijo
en tono burlón:

—Espero que nos volvamos a ver para poder demostrarte
que los «críos» crecen.

—¡Vete a freír espárragos!

Al oír la carcajada de Peter, soltó las muletas y sin pensar en
su pie, y con una fuerza que ni el mismo Peter esperaba,
empujó la puerta hasta cerrarla, mientras aún escuchaba las
risotadas del hermano de su amiga. Su tobillo se resintió y,
maldiciendo, volvió a tirarse en el sillón. Poco a poco aquel
dolor cedió, junto a su mala leche, para dejar paso a unas excitantes
sensaciones al pensar en Peter. Él, por su parte, al salir a
la calle fue hasta donde había aparcado su coche, y antes de
montarse en él, miró hacia arriba, vio la luz anaranjada que
salía del apartamento de Lali y, tras sonreír, se montó en el

vehículo, arrancó y se marchó.

martes, 14 de julio de 2015

OLVIDE OLVIDARTE: Capitulo 9


CAPITULO 9


A la mañana siguiente, todos estaban felices, mientras unos
payasos que iban arrancando sonrisas por las habitaciones del
hospital llegaron hasta la de Samantha, que sonrió
ampliamente.
Por su parte, Alfred y John, los orgullosos hermanos, se
peleaban por coger en brazos a la pequeña que les miraba,
mientras bromeaban haciendo reír a su madre y a su padre con
las cosas que decían. Más tarde apareció el huracán Joanna, la
mejor amiga de Samantha, que se puso a dar gritos de satisfacción
al ver a aquella preciosa muñequita en brazos de su madre.
La habitación de Samantha se convirtió en una estancia muy
visitada. Joanna invitó a Estela y a Lali a bajar a la cafetería del
hospital para tomar un café y charlar un rato.

—¿Cómo va el trabajo, Lali? —preguntó Joanna.

—Muy liada. Tremendamente liada.

Estela, con una sonrisa, la miró y haciéndole un gesto cómplice
a Joanna dijo:

—No ves lo delgada que está. No debe de comer casi nada.
—No te preocupes por eso, mujer —rió Joanna—. Las chicas
de hoy en día están todas así. Les gusta cuidarse y hacen muy
bien. Cuanto más se cuiden ahora, mejor. —Y mirando a la
mujer, señaló—: Por cierto, he de decirte que tu hija desearía
que te quedaras todo el tiempo que puedas con ella. Es más, le
encantaría que vendieras la casa de San Diego y te mudaras a la
suya.

—Mi hija está loca —rió la anciana—. De momento me
quedaré aquí un tiempo para ayudarla, pero en cuanto yo vea
que ella se maneja sola, me voy a mi casa.

—Disculpadme un momento —dijo Joanna levantándose
para saludar a un grupo de médicos.

La anciana, al ver que Joanna se alejaba, dijo mirando a su
nieta:

—¿Te has dado cuenta de hasta dónde le llegan las orejas?

—¡Abuela! No seas cotilla y criticona —dijo Lali intentando
disimular la risa.

—No es por cotillear, hija, pero me parece penoso que
Joanna no acepte que los años pasan por ella y por todos. ¡No
ves qué pintas lleva!

Lali volvió a contener la risa. Realmente, el caso de Joanna
llamaba la atención. Se empeñaba en parecer siempre una veinteañera,
cuando ya había cumplido los cincuenta.

—Ella lo acepta a su manera, abuela.

—Pero si cualquier día se le van a juntar las tetas con la
barbilla.

—¡Abuela! —gritó Lali, y al ver que se volvía dijo—. ¡Cállate,
que viene!

Acompañada por un doctor, Joanna se acercó a la mesa.

—Estela, lali, os quiero presentar a Henry Bertinson, jefe de
cirugía plástica del hospital y un excelente amigo.

—Encantada —comentó Estela ofreciéndole la mano. Lali
hizo lo mismo.

—Si alguna vez necesitáis algún retoque, ya sabéis a quién
tenéis que ir a buscar —rió Joanna, de manera escandalosa,
divirtiéndolas.

El médico se sentó a hablar con ellas hasta que le sonó el
busca y, tras disculparse, se alejó, aunque antes pasó por otra
mesa donde varios médicos se unieron a él.
Tras un rato de charla mortificante por parte de Joanna, que
les explicó cómo se realizaron sus operaciones de pecho y el
estiramiento de la cara, Estela optó por volver a la habitación de
Samantha, que en ese momento se encontraba dando de mamar
a la pequeña Estela. Media hora después el huracán Joanna
desapareció con el mismo ímpetu con el que había llegado.

—¿Cómo la aguantas, hija? —preguntó la mujer, que todavía
sonreía por las cosas que Joanna les había contado.
Samantha, muy guapa, con su pelo rubio sujeto en una cola
de caballo, contestó a su madre.

—Mamita, Joanna es encantadora. Lo que pasa es que tú
sólo ves su exterior, pero te puedo asegurar que tiene un fondo
excelente y que es una amiga superior.

—Si tú lo dices —respondió Estela, volviendo toda su atención
hacia su nieta.

Sonó el teléfono de la habitación. Era Bárbara, desde
España. Habló un largo rato con Samantha, que le contó cómo
se encontraban ella y la niña. Luego habló con Estela y, finalmente,
con Lali. Ésta, tras colgar, anunció que se marchaba.
Tenía que sacar a pasear a Spidercan.
Tras repartir besos se alejó sonriente hacia el ascensor. Su
abuela se quedaba con su tía, y así Clarence, que ya se había ido,
descansaría en casa.
Cuando llegó al ascensor y vio la cantidad de gente que había
esperándolo, optó por bajar las escaleras. Sólo eran cinco pisos.
Con tranquilidad, comenzó a hacerlo pero, de pronto, aparecieron
unos jovencitos corriendo y uno de ellos, al pasar a su lado,
la empujó. Lali rodó escaleras abajo, haciéndose daño en un pie
y en la espalda.
Con rapidez la gente se arremolinó a su alrededor. Lali y
otra señora se habían caído y esta última se había roto un brazo.
Con la ayuda de varias enfermeras, Lali, mareada, se sentó en
una silla de ruedas y fue trasladada a una sala, donde verían qué
le había ocurrido.

—Joder… joder… qué mala suerte —susurró, fastidiada, al
ver el tacón roto de su sandalia y el bulto que le estaba saliendo
en el tobillo. Mirando a una de las enfermeras, dijo—: Por favor,
podríais avisar a mi abuela. Está en la habitación 506. Su
nombre es Estela Pickers.

—No te preocupes, seguro que sólo es un esguince
—comentó la enfermera que le quitaba la sandalia, mientras
otra salía para avisar.

Lali continuaba mirándose el pie cuando notó la presencia
de dos personas más en la sala.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó uno de los médicos.

Molesta, dolorida y enfadada, Lali respondió mientras
seguía observando su tobillo hinchado.

—Pues que unos inconscientes me han tirado por las escaleras.
Dios… cómo me duele el tobillo —gruñó Lali.

—Eran unos chicos —informó la enfermera—. Debían de
bajar por las escaleras haciendo el loco y han tirado a dos personas.
A ella sólo, le duele el tobillo, la otra se ha roto el brazo y se
encuentra en la otra sala.

—Yo me ocupo de esta paciente —dijo uno de los médicos y,
agachándose, comenzó a observar el tobillo de la muchacha, que
se quejaba de molestias.

Sumida en su dolor, Lali se acordó de pronto de que aquel
fin de semana tenía que trabajar en la boda de Roberta y Carlos
y, sin poder remediarlo, dijo tapándose los ojos:

—¡Mierda! Con todo el trabajo que tengo. ¿Cómo me ha
podido ocurrir una cosa así?
—Pues muy fácil, Lali —respondió el médico que, agachado,
le inspeccionaba el pie—. Estas cosas ocurren cuando menos te
lo esperas.
Al darse cuenta de que aquel médico la llamaba por su
nombre, se fijo en él y su gesto torcido de dolor se transformó
durante unos segundos en sorpresa. Le conocía.

—¿Peter Thorton? ¿Eres tú?

Con una sonrisa más arrolladora que un tren de mercancías,
éste la miró y dijo:

—Sí, señorita. Soy Peter, el hermano de tu alocada amiga
Euge.

No se lo podía creer. ¡Encontrarle allí, tras diez años! Balbuceó
como pudo:

—Pero ¿qué haces aquí?

—Ves esta bata blanca y esta identificación —dijo él tocando
la insignia que colgaba del bolsillo izquierdo de su bata—. Soy el
doctor Peter Thorton, jefe de urgencias de este hospital.

Lali se quedó muda. Aquel hombre moreno y de mirada profunda
que tenía ante ella era Peter, el muchacho al que diez
años atrás ella había llamado «crío».

—Estoy trabajando. Salía de tomar algo de la cafetería
cuando nos percatamos del incidente y Carlos —señaló al
médico que atendía a la otra señora en la otra sala— y yo vinimos
a ver lo que pasaba.

—Oh…, Peter —dijo ella dejando la cara de sorpresa para
nuevamente volver a poner la de dolor—, me duele muchísimo
el tobillo y también aquí —dijo señalándose en la espalda.

Al oír aquello éste frunció el cejo y levantándose tocó donde
ella le indicaba.

—¿Aquí? —Ella asintió—. Veamos, necesito que te pongas
boca abajo y te quites los pantalones.

Al oír aquello, ella se quedó sin respiración y, mirándole a
los ojos, preguntó:

—¿Para qué quieres que me quite los pantalones?

—Pues para verte la espalda e intentar saber por qué te duele
—respondió él intentando no reírse.

Convencida de que era lo mejor, se quitó lentamente los
vaqueros y con la ayuda de él se tumbó en la camilla boca abajo,
muerta de vergüenza.

—Muy bonito —dijo él, de pronto, dejando a Lali totalmente
desconcertada.

—¿Muy bonito el qué? —gruñó ella mirándole desafiante.

—El cardenal que te está saliendo al final de la espalda
—respondió él cada vez más divertido.

Tras examinar la zona que ella le había señalado, éste dijo
separándose de ella:

—Ya puedes vestirte. —Con rapidez y dolor se puso los
vaqueros—. Te va a doler la espalda durante unos días por el
golpe, pero no veo nada grave, a excepción del enorme hematoma
que te está saliendo donde la espalda pierde su casto
nombre. Para eso te recetaré una pomada que tendrás que aplicarte
con un pequeño masaje por lo menos cuatro veces al día.

Al ver la cara de circunstancias que ponía Lali, sonrió.
Habían pasado diez años desde la última vez que hablaron, pero
poco había cambiado. Estaba tan guapa como siempre.

—En el tobillo tienes un magnífico esguince que te obligará a
guardar reposo con el pie en alto por lo menos ocho días con la
venda de compresión que te he puesto. Pasado ese tiempo,
vuelves aquí y lo vemos. De momento, te recetaré unos
antiinflamatorios.

—¿Ocho días? —dijo ella sin creérselo—. Imposible. Mañana
tengo que trabajar y dentro de cuatro días tengo que estar en
Chicago.

—Pues, señorita —dijo Peter rellenando unos papeles—,
creo que o te curas bien el esguince o tendrás muchos problemas
con ese tobillo. Además, tu médico soy yo y digo que
tienes que guardar reposo.
En ese momento se abrió la puerta y su abuela Estela entró.
Se la veía asustada.

—Lali, cariño, ¿qué te ha pasado?
—Tranquila, abuela, no ha sido nada. Sólo una caída tonta.
No te preocupes —dijo al verla entrar tan nerviosa.

—Tranquilícese —comentó Peter sentando a la mujer en
una silla—. No se preocupe, Lali está bien. Lo único que tiene
que hacer es reposo.

—Pero ¿qué ha pasado? —volvió a preguntar la abuela.

—Se ha caído y se ha hecho un esguince en el pie. También
tiene un fuerte golpe al final de la espalda —dijo el doctor a la
mujer.

—Eso es el culo, ¿verdad? —preguntó su abuela sin
miramientos.

—¡Abuela! —gritó Lali para reprenderla.

Peter no pudo reprimir una sonrisa al ver la mirada que
Lali le había echado a su abuela, que ya se había levantado para
dar un beso en la mejilla a su nieta.

—Efectivamente, señora, es el culo —asintió éste ganándose
una mirada de reproche de Lali.

—¿Te duele, cariño? —preguntó la anciana.
Avergonzada por todo, asintió y, con gesto de desesperación,
dijo:

—¿Qué voy a hacer, abuela? Este fin de semana tengo
trabajo.

—Pues Tony tendrá que ocuparse de todo —comentó juiciosamente
Estela—. Estas cosas ocurren, cariño. Ahora lo
importante es que tú te repongas. —Y mirando a Peter, que las
observaba, comentó—: Entonces, doctor, lo que tiene es un
esguince y un fuerte golpe ahí, ¿verdad? —dijo señalando el
trasero de Lali.

—Sí —volvió a reír él al ver de nuevo su cara—. Tiene que
obligar a Lali a que se esté quieta durante unos días. Un
esguince mal curado es un problema para toda la vida.

—Abuela, ¿te acuerdas de Euge, mi amiga?

—Sí. La de las preciosas gemelas —sonrió Estela al recordar
a aquella chica que tanto le agradaba.

—Pues Peter —dijo señalando al doctor— es su hermano,
Peter Thorton.

—Encantada —asintió ésta ofreciéndole la mano—. Hijo, disculpa
si he venido acelerada, pero cuando han llamado para
decirme que Lali estaba en urgencias, casi se me sale el corazón.

—No se preocupe, su nieta saldrá de ésta —respondió él
sonriente.

Al ver cómo su abuela miraba al médico, Lali dijo con
rapidez:

—Abuela, llámame a un taxi. Dejaré el coche aquí, en el
aparcamiento.

—No te preocupes, yo te acompañaré a casa —dijo la
mujer—. Y cuando te meta en la cama, regresaré aquí con Samantha.
Mañana, en cuanto llegue Clarence, me iré a tu casa para
ayudarte.

Lali sonrió. No quería que su abuela fuera de acá para allá
como una loca, por tener que atenderla, así que mirándola a los
ojos, le susurró:

—Abuela. Tú llama al taxi, del resto me ocupo yo, tranquila.

—Que no… que no… —insistió la mujer—. Que yo me voy
contigo y luego regreso, no digas tonterías.

—Abuela… —resopló Lali.

Peter, que las observaba, al ver cómo se miraban preguntó.

—¿Cuál es el problema?

—Ninguno —dijo Lali. Sin embargo, su abuela también
habló:

—¡Qué fatalidad, hijo! Esta noche me toca a mí quedarme en
el hospital con mi hija Samantha para que mi yerno duerma. —Y
para aclararlo dijo—: Samantha ha tenido un bebé. Pero claro
—dijo mirando a su nieta—, ahora no puedo dejar que esta criatura
se vaya sola y desangelada a casa con el tobillo así.

—Abuela…, déjalo, yo llamaré al taxi —resopló, deseando
cogerla del cuello. La conocía y veía cuáles eran sus intenciones.

—Si quieres te llevo yo —se ofreció Peter mirándolas a
ambas—. Puedo llevarte a tu casa, no tengo prisa en llegar a la
mía esta noche.

Su abuela sonrió, pero dejó de hacerlo cuando Lali añadió:

—No, Peter. No te preocupes, ya nos las arreglaremos.

Pero Estela tenía claro que no pensaba callarse y, a pesar de
la mirada que le echó su nieta, afirmó:

—A mí me parece una idea maravillosa y genial. No eres un
desconocido. Creo que es una idea excepcional. ¿Qué mejor
compañía que la de un doctor?

«Me las pagarás», indicó Lali a su abuela con la mirada,
antes de decir:

—Que no es necesario. No liéis más las cosas, por favor.

—¡Tú te callas! —dijo de nuevo su abuela.

Y volviéndose hacia Peter, la anciana comenzó a hablar con
él. Lali les miraba y veía cómo su abuela hablaba y hablaba y
Peter, con toda la paciencia del mundo, la escuchaba y sonreía.
¡Qué pesada podía llegar a ser esa mujer!
Mientras los observaba hablar, se fijó más en Peter. Su
cuerpo se había ensanchado y ahora era más varonil, pero su
cara, su mirada y su sonrisa seguían siendo las mismas. Estaba
sumida en sus pensamientos cuando oyó a la anciana decir:

—Pues ya está decidido. Peter te llevará a casa y sacará a
Spidercan. —Y, tras darle un beso a su nieta, añadió—: Hasta
mañana, cariño. Te dejo en buenas manos.

Sin mirar atrás, la mujer salió de la sala dejando a Lali totalmente
alucinada. Sin embargo, volvió en sí al notar que Peter la
tomaba del brazo para bajar de la camilla.

—De verdad, Peter, que estoy bien, olvida lo que te ha dicho
la lianta de mi abuela. Llamaré a un taxi y ya está —dijo mientras
bajaba de la camilla. Pero su gesto se torció al rozar su pie
con el suelo.

—No voy a seguir hablando de esto y no seré yo quien le lleve
la contraria a tu abuela —aseguró él mientras se quitaba la bata
y, cogiendo una silla de ruedas, dijo—: Siéntate aquí, y que
sepas que esto lo hago porque eres amiga de mi hermana. Por lo
tanto, cállate. Te llevare a tu casa y sacaré a ese perro tuyo a dar
un paseo. Y ahora no te preocupes por nada.
Resignada ante aquella situación que podía con ella, se sentó
en la silla de ruedas, dejó que Peter pusiera sobre ella dos
muletas y suspiró, mientras éste avisaba a Carlos de que se

marchaba. Su turno había acabado hacía una hora.